Somos humanos, nos gusta el poder y durante siglos hemos exhibido nuestra vanidad censurando cualquier avance que nos hiciera débiles. Ya en la antigüedad el poder se opuso a que la escritura estuviera en manos del pueblo. Un pueblo analfabeto es más fácil de gobernar que un pueblo instruido y han sido varias las veces en la historia que las clases en el poder han intentado vetar el acceso al progreso y la cultura a las clases más pobres. La quema de grandes bibliotecas como Tebas o Alejandría, la destrucción de libros y manuscritos por parte de los radicales beréberes en la floreciente cultura Andalusí, la eliminación por parte del clero casi por completo de cualquier documento escrito de la increíble y todavía enigmática cultura Maya por considerarlo demoníaco y el holocausto bibliotecario llevado a cabo por los nazis el siglo pasado son ejemplos de cómo el progreso no gustaba a todos. Progreso igual a libertad, quizá la palabra libertad no gustase a muchos.
